Gastronomía del mundo moderno en donde el cuchillo no conoce a su dueño

1/8/11

COCINA ARGENTINA RESTAURANTE EL PROGRESO


Un clasico desde 1941 , elejido por varios presidentes de la Republica , hoy renovado y con menu nuevo , un lugar para no dejar de conocer en Buenos Aires.

El Club del Progreso no es un club más de la ciudad. Es una recorrida de la política nacional, con sus lomas y sus baches. Leer la lista de socios es recitar un libro de historia: Urquiza, Mitre, Sarmiento, Avellaneda, Roca, Pellegrini, Luis Sáenz Peña, Figueroa Alcorta, Roque Sáenz Peña, Yrigoyen, Alvear, Aristóbulo del Valle, Lucio V. Mansilla, Estanislao del Campo, Angel de Estrada. También, Raúl Alfonsín, Carlos Corach o De la Rúa, por mencionar tres contemporáneos. En una de sus mesas decidió morir Leandro N. Alem, tras dispararse en la sien. La mesa sigue allí, como talismán ideológico. Fue en esta asociación donde el radicalismo afianzó su base intelectual (y, también, su antiperonismo conservador).

Todo se palpa en el histórico edificio, sede vigente desde 1941. Se respira en sus grandes habitaciones, en su señorial escalera, en los retratos de los presidentes que pueblan las paredes. En el gran cuadro de San Martín, en sus últimos años en su finca parisina de Grand-Bourg. Pero, más allá de su círculo societario, desde hace tres años el club abre sus puertas a un público variado y heterogéneo, a través de una de las prácticas culturales más amigables que existe: dar de comer. La oferta se divide en dos. En el Patio del Progreso, la especialidad son la parrilla, el horno de barro y el disco de arado. En el Restorán, en cambio, la apuesta apunta a platos clásicos de Buenos Aires. La entrada estrella es el Revuelto Gramajo ($32), cuyo nombre se debe al revuelto de huevo que desayunaba habitualmente el edecán de Julio Argentino Roca, el coronel Antonio Gramajo. Aquí lo hacen con papas pay bien finas, huevos y jamón. También ricas empanadas (dos por $22) y sopa de cebolla con pan de ajo ($34). Luego, siguiendo el hilo conductor porteño, llega el cerdo a la riojana ($60), el lomo a la mostaza antigua ($77) o el chupín de pacú ($62). De postre, isla flotante con sabayón al oporto, o la Copa Melba, signo de una sofisticación anclada en los años ’30. Mención aparte merece el inigualable cochinillo al horno de barro, de tradición castiza, y los panes hechos en el día, en especial la chipá y la cremona. En fin, una experiencia que une una tradición política –siempre discutible– con una tradición gastronómica que es puro disfrute.

No hay comentarios :