Gastronomía del mundo moderno en donde el cuchillo no conoce a su dueño

13/5/14

MIGUEL BRASCO EL ADIOS A UN REFERENTE DEL PERIODISMO GASTRONOMICO ARGENTINO


 

Tenía 87 años y había sufrido un ACV. Abogado y padre de tres hijos, el santacruceño se había casado seis veces. Cultor de un estilo muy particular, publicó sus columnas en decenas de publicaciones. También fue traductor, publicista y editor de revistas diversas.

Miguel Brascó no macaneaba, sabía. Y mucho. No vivía, disfrutaba. Y mucho. Había cumplido 87 años el 14 de septiembre del año pasado, pero conservaba intacta la sabiduría, la lucidez y la agilidad mental. Murió ayer de un paro en una clínica porteña a la que lo habían ingresado hace tres semanas luego de sufrir un accidente cerebrovascular. La familia y los amigos lo despedirán hoy a las 11 en la capilla británica del cementerio de la Chacarita.

Nacido en Santa Cruz, casado seis veces y padre de tres hijos (un hombre de 61 años; una joven de 16 y otra que murió a los 31), ejerció poco tiempo de abogado, traductor y publicista y más como creador y editor de revistas (Leoplán, Status, Diners, Cuisine et Vins y Ego) y suplementos literarios y colaborador y columnistas de decenas de publicaciones más que van de Tía Vicenta a El Gourmet. Pero además dibujaba con una línea despojada y maravillosa y escribió cuentos, poesía, novelas y más de una decena de letras folklóricas ("Santafesino de Veras" tal vez sea la más famosa, compuesta con su amigo Ariel Ramírez, también "La Vuelta de Obligado" que cantó otro amigo suyo, Alfredo Zitarrosa).

Brascó no hacía alardes ni hablaba de más, cosechó respeto a base de sabiduría.
Claro que fue a través de la crítica gastronómica y de vinos que empezó en los '60 en la revista Claudia y hasta hace poco continuaba en medios especializados donde se hizo famoso, no sólo por el enorme conocimiento del que no hacía alardes ni escatimaba, sino por un vocabulario cuidado (era un gran creador de neologismos a partir del lunfardo) y un estilo que maridaba con acidez y precisión. Todo eso le permitía bardear a quienes montaban un show de lo gourmet o utilizaban un lenguaje extraño para describir un vino, a los que llamaba sin eufemismos bobetas.

En la fugaz temporada que tuvo en Twitter (de febrero a mayo de 2011) podía sentenciar: "Condimento: presente entre bambalinas. Nunca avanza hacia el proscenio para mandarse el monólogo estentóreo. En el equilibrio del plato nunca un cilantro que pretenda gobernar por decreto de necesidad y urgencia. En la aristocracia culinaria desentonan los charlatanes del culantro, los papines andinos arrugados y el vinagre antidiluviano pre-Pasteur". O también: "Mejor no comer picante porque te hace transpirar y uno tiene la desagradable sensación de haber trabajado" y "es preferible ser cabeza de ajo que cola de león".

En el campo gourmet también creó tres clubes privados para hombres; condujo programas de TV; publicó guías de vinos y restaurantes en la que no ahorraba ni regalaba elogios y asesoró a bodegas argentinas como Finca La Anita y López.

Amigo de Julio Cortázar, Xul Solar, Rodolfo Walsh, Raúl González Tuñón, Juan Carlos Onetti, Alberto Girri, Astor Piazzolla y Joaquín "Quino" Lavado, a quien le encargó la viñeta que luego derivaría en Mafalda; hasta hace meses trabajaba en otro libro de poesía y en unas memorias sobre sus experiencias con el escabio y tenía lista una tercera novela que pretendía titular Los leopardos son cosa del atardecer. Vivía sólo en un departamento en Recoleta, no perdía elegancia y vestía casi siempre tiradores y moño al cuello, una de sus marcas de estilo.

"Si yo tuviera que escribir mi necrológica, ¿qué pongo?", decía hace tres años en una entrevista que le hizo Leila Guerriero para el diario La Nación y respondía: "Yo sé lo que soy, pero la imagen que doy no es clara. La poesía es una de las cosas que más me expresan. Pero la gente me identifica como el experto en vinos. Yo siempre tengo la sensación de que no cumplí las metas que debía cumplir, por mala administración de mis tiempos o de mi trayectoria".

Fabricio Portelli, un sommelier que trabajó años con él, lo recordaba ayer: "Brascó es el ejemplo del bon vivant. Vivía almorzando y cenando afuera y cuando estaba en su casa cocinaba. Siempre que descorchaban un vino pensaba cuál era la intención del vino. Preguntaba por qué se cobraba a tal precio. Era un defensor de la gente, decía que cada uno era un experto."

Brascó no hacía alardes ni hablaba de más, cosechó respeto a base de sabiduría. De seguro que miles anoche, hoy y los días por venir brindaron y brindarán en su memoria por haberles mostrado y enseñado nada más ni nada menos que el arte del buen vivir.

No hay comentarios :