Gastronomía del mundo moderno en donde el cuchillo no conoce a su dueño

19/9/09

MISIONES VUELVE A TENER SUS VIÑEDOS


Comienza una nueva era para los vinos argentinos , y se debe al resurgimiento de los vinos misioneros.


“Vino color de día, / vino color de noche, / vino con pies de púrpura / o sangre de topacio, / vino, / estrellado hijo / de la tierra”. De esta tierra, puede cantar hoy Entre Ríos orgullosamente con Pablo Neruda: después de 70 años de prohibiciones, nuestra provincia vuelve a tener viñedos y bodega y a producir excelentes vinos, premiados ya en concursos internacionales.




Hace un siglo, Entre Ríos era la cuarta provincia vitivinícola del país. Para 1910 había 4.874 hectáreas dedicadas al cultivo de la vid; más que el trigo y casi igual superficie que la dedicada al maíz. La producción salía por el puerto de Concordia –que era el tercero con más movimiento en la Argentina- rumbo a Buenos Aires. Y en el país, entre 1894 y 1916, la producción vitivinícola logró crecer un 700%. Todo había empezado –en Entre Ríos- a mediados del siglo XIX. Fue en ese marco que Joseph Favre, un inmigrante suizo, llegó a Colón en 1857 y decidió comenzar aquí la misma producción que sus abuelos en Europa: la vitivinicultura. Plantó sus vides y hacia 1874 levantó su casa sobre la bodega o cava. Sus vinos se comercializaron bien; vendía a la región y a Buenos Aires. La vitivinicultura entrerriana hacía pie en Concordia, San José y Colón en más de 30 bodegas, con cepas de Malbec, Cabernet Sauvignon, Tannat, Pinot Blanc y Semillón. Hasta que…

Corría 1936. El horizonte se encapotó de negro para viñedos y olivares en nuestra provincia. El Presidente Agustín P. Justo había decidido promulgar una ley nacional de zonificación de producción. Así, la Ley Nacional de Vinos prohibió toda comercialización del vino procedente de cualquier región que no fuera Cuyo y las provincias cordilleranas del norte. Así fue como –y lo contaban los padres de nuestros padres- florecientes bodegas entrerrianas debieron tirar a la calle, literalmente, cientos, miles de litros de vino cuando llegaron los inspectores nacionales a hacer cumplir la ley. Solo quedaron los vinos pateros que hasta el día de hoy se producen en tierras del norte de la provincia, donde sus propietarios lograron conservar las vides aunque no las bodegas. Por lo demás, creció la citricultura. El arroz, la ganadería y –en los últimos años- la soja.

Pasaron siete décadas. En1998, por obra del legislador Augusto Alasino, la actividad se desreguló nuevamente y los viejos toneles volvieron a llenarse.

Jesús Vulliez no tiene relación de parentesco con la familia Favre. Sin embargo, sus ancestros –también suizos, inmigrantes del cantón de Valais- fueron igualmente viñateros. Y como los Favre, Vulliez quiso retomar sus raíces. Así que decidió en 2002 comprar la vieja bodega a las nietas de Joseph Favre, propiedad patrimonio histórico de la zona, ubicada junto a la Ruta nacional 165, frente a la entrada de la ciudad. Adquirió 6 has allí y en Concordia e implantó cinco, con siete cepas distintas: Chardonnay (en blancos), Malbec, Merlot, Cabernet Sauvignon, Syrah, Tannat, Sangiovesse (en tintos). “Todo el vino se elabora con uva de producción propia”, dijo a El Día María, una de las tres hijas de Jesús, que junto a sus hermanos y sus padres se encarga hoy de la bodega, los viñedos y el emprendimiento turístico. La vieja casona fue restaurada guardando el estilo original. Hoy, se brinda además allí alojamiento, comidas (en un restaurante con cocina de autor y maridajes de platos y vinos especialmente aconsejados por el enólogo de la bodega) y se realizan eventos.

“La producción en 2008 fue de 35 mil litros –agregó María-. Por ser viñedos nuevos, irá aumentando el rendimiento hasta los diez años, fecha en que se estabiliza la cantidad y aumenta la calidad”. De todos modos, en calidad les ha ido muy bien: lucen ya orgullosos 2 medallas de oro y 3 de plata como premios en concursos internacionales realizados en Mendoza, donde los vinos de los Vulliez se categorizan en la franja de 7 a 10 dólares en una cata a ciegas. El enólogo de la casa es Jorge Pehard, con formación en Montevideo, Francia y España.

La elaboración se realiza tanto en el sótano del antiguo edificio como en una nueva cava construida en 2008, con barricas de roble francés y americano y tanques de acero inoxidable. Se comercializan en el establecimiento, en restaurantes y vinotecas de Entre Ríos y comienza este año la venta en Buenos Aires. “A fin de año saldrán a la venta los espumantes elaborados con vino Chardonnay, con el método champenoise”, comenta María.

“Mi padre comenzó este proyecto con una idea muy romántica, sin saber bien qué podría lograr con sus vinos –abunda la hija y empresaria viñatera-. Tiene el recuerdo muy grabado de ver a sus abuelos que producían vino para consumo familiar porque ya estaba prohibida la industria en la provincia. Hace 20 años intentamos hacer vino con plantas traídas de Salta pero no tuvimos éxito. Seguimos investigando. El asesoramiento de un ingeniero agrónomo-enólogo y de un enólogo han sido vitales”.

Y aunque para nuestra geografía visual los colores azul, ambarino o moscatel sean privativos de Cuyo y la cordillera y las redondeces naranjas y amarillas de los campos de citrus entrerrianos, nuestra provincia y el trabajo de los Vulliez están demostrando que no. Que nada es privativo. Que el clima, la humedad, la tierra son perfectamente aptos para viñedos y vino. Entre Ríos se encuentra a 20/30 metros sobre el nivel del mar, como Burdeos, por ejemplo.

“La zona es buena porque da vinos con la tipicidad del terroir; son suelos donde la vid anda muy bien –afirma María-. No necesita riego por las características de nuestro clima, y la forma de conducción de la vid "la lira" es particular para regiones húmedas”.

Toda la familia trabaja en la antigua propiedad de los Favre: Jesús, su esposa Juliana Arive, sus tres hijos y los yernos. Podan, cosechan, elaboran, embotellan, etiquetan… Poco a poco, necesitaron incorporar personal en temporada de poda y cosecha.

Es la única bodega entrerriana. Llegó para redimir 70 años de impuesta ausencia. Y lo está haciendo con mayor éxito del esperado; los Vulliez han puesto esfuerzo, garra, tecnología y esperanzas, por lo que bien pueden repetir con Machado: “vino, sentimiento, guitarra y poesía / hacen los cantares de la patria mía”.

Los vinos llevan el nombre Vulliez-Sermet; hay monovarietales de 7 cepas y bivarietales como los blend de Talbec-Tannat y Syrah-Sangiovesse. Hay también un cuatrivarietal: de Malbec (40%), Merlot (25%), Cabernet Sauvignon (20%) y Tannat (15%).

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